Salimos antes de que el cielo clareara; una línea naranja encendió las agujas y el frío pareció aflojar. Un pastor nos indicó un desvío mínimo hacia una roca plana perfecta para desayunar. La primera luz convirtió en cobre cada rama. Al regresar, una mujer en la panadería envolvió pan caliente y dijo, simplemente, disfruten despacio.
Desde un balcón natural sobre un valle helado, los alerces parecían antorchas silenciosas. Un guía mayor nos prestó prismáticos para ver cabras en la arista, y contó que de niño dormía en graneros cuando subían con el ganado. Nos despedimos dejando una postal en el buzón del sendero. Volvimos en silencio, con la mirada llena.
Una feria ocupaba la plaza; un luthier dejó que un niño tocara tres notas y el círculo entero aplaudió. Caminamos hacia un bosque claro, compartimos rebanadas de queso envueltas en papel, y escuchamos hojas caer como lluvia leve. A veces eso basta: la tarde, el sonido, un abrazo. Deja aquí tu recuerdo favorito para inspirar al próximo lector.
All Rights Reserved.